Vida urbana en el siglo XXI: del "antropoceno" al "antropoluceno"

Traducción: Guillermo Mas

¿Estamos asistiendo a una nueva forma de contaminación que afecta a la vida espiritual?

Carlos Moreno

El éxito de la estación espacial internacional (ISS) se ha compartido con el gran público gracias a las soberbias fotos que, al final de la misión, cubren todo el planeta. El astronauta francés Thompas Pesquet nos regala tras su llegada a la ISS, con una bellísima colección de fotos de nuestro planeta urbanizado. Un placer para los ojos, pero igualmente formidable herramienta de trabajo para los «city lovers».

Las imágenes de nuestras ciudades, metrópolis, megalópolis, son fuentes de belleza incluso por la noche. Al mismo tiempo, ello nos permite profundizar el trabajo en la cronotopia de los ciudadanos alrededor del planeta. El siglo XXI es el siglo de las ciudades, pero es al mismo tiempo el siglo de la contaminación, en todas sus formas, debida a la actividad humana. En la era del «antropoceno» concepto propuesto por Paul Josef Crutzen, co-laureado Premio de Química en 1995, y el biólogo Eugene F. Stoermer, convertido por algunos el «molismoceno» o «basurero superieur», nuestro planeta está en peligro por las consecuencias propias de la actividad humana. La alarma se ha disparado, la cuenta a atrás también, y la existencia de nuestra civilización a finales de siglo está en cuestión si no cambiamos el rumbo.

Después de la segunda mitad del siglo XX, se ha sucedido una delicada ruptura entre el hombre y la naturaleza que fragiliza a día de hoy nuestro futuro. Ello se está acelerando después de dos décadas, y a pesar de los múltiples niveles de legislación existentes, del G8 a la ONU, y pasando por otros lugares de intercambio y discusión, nos deslizamos por una pendiente resbaladiza. Esta ruptura tiene lugar por una doble conjunción de una vida urbana trepidante, en fuerte expansión, y un modelo de vida de producción-consumo. Llegando a separar lo que de forma natural esta unido, la complejidad de los seres vivo, donde el hombre hace parte, de los cuatro elementos en la base de su ecosistema natural, y en el centro del bien común: el aire, el agua, el fuego, la tierra.

Las ciudades están en primera línea por la concentración humana mayoritaria que suponen, y las actividades vinculadas a la atracción que ejercen sobre todos los territorios que las rodean. Ellas son el problema, y al mismo tiempo, la fuente de las soluciones.

Del norte al sur y del este a oeste de nuestro planeta, vivimos principalmente en territorios urbanizados donde el aire que respiramos está muy contaminado, y esta situación se ha convertido en endémica afectando de forma sostenida a todas las grandes ciudades del planeta. El agua se convierte en un recurso escaso, o incluso a veces llega en exceso por las tormentas. También está contaminada por la actividad humana y tras su uso, presenta igualmente un factor de riesgo. El fuego, domesticado y transformado en fuentes de energía, también se ha convertido en una fuente de contaminación a través del uso de energías fósiles, paradigma del siglo XX, con su cohorte de usos urbanos contaminantes, y entre ellos, los motores térmicos y las redes de calefacción y refrigeración de las ciudades. La tierra, madre fértil, es un reto para la vida, incluso para la superviviencia, por una humanidad que se está urbanizando de forma caótica. La lucha por los territorios afecta a los urbanos, por aquellos que vinieron a establecerse de forma informal, por usar un eufemismo, es una constante en muchas ciudades de todo el mundo, particularmente en el sur y este del planeta. Por otra parte, también es el caso en los países del norte y oeste, aunque tengan mejores condiciones de vida, hoy el derecho a la ciudad, a la vivienda, a la alimentación y a vivir en condiciones dignas, sigue siendo un reto importante, tal y como puso en evidencia la conferencia de la ONU HABITAT que tuvo lugar en Quito en Octubre de 2016.

En la noche de nuestras ciudades, la polución, la luminosidad, nos ha tapado el cielo, el encanto de la Vía Láctea, las estrellas, el movimiento de los planetas en la esfera celeste, por encima de nuestras cabezas.

 

Sufrimos las consecuencias nefastas de esta ausencia de toma en consideración de la complejidad del vivir con las estructuras de nuestras sociedades urbanizadas, que han relegado al ser humano con una gestión en silos que después de décadas no se construye alrededor del hombre. Más grave aún cuando este se ha convertido en urbano en las ciudades-mundo de crecimiento exponencial, especialmente el eje sureste del planeta.

Pero este principio del siglo XXI también ha visto crecer la recesión, el rechazo al otro, el rechazo a la mezcla, del mestizaje inevitable, en un mundo donde las distancias desaparecen por la doble aceleración de los medios de transporte y de la ubicuidad masiva. El cosmopolitismo urbano, que una vez fue motivo de orgullo, al encontrar en la diversidad del otro la riqueza que permite emprender mejor los caminos compartidos de la vida, genera a día de hoy sospecha, visto como un insulto siendo ahora un motivo de desconfianza, incluso de amenaza y violencia.

La pregunta, a final de la segunda década del siglo XXI, es en realidad la siguiente: ¿sobre qué pilares queremos construir nuestra identidad cultural? Es eso lo que determina nuestra capacidad de apertura o cerrazón al mundo, a los otros, al otro, a nuestro alter ego.

La humanidad ha sido afectada por las revoluciones de su modo de vida vinculadas también al dominio de un material que le ha abierto cada vez, nuevos horizontes: el fuego, la piedra, el bronce, el hierro, el vapor, la electricidad, y en su prolongación más reciente, el silicio. Otros vendrán probablemente, entrañando sus respectivas y profundas transformaciones: el grafeno, un dominio completo de la luz como materia y onda (el efecto cuántico) y también el ADN.

Cuando a día de hoy el devenir del mundo urbano está estrechamente vinculado a la masificación bajo todas sus formas del «silicio para todos», con su multitud de innovaciones móviles, es esencial retornar a las fuentes. Hemos jugado contra nosotros mismos, separando artificialmente aquello que originalmente ha estado vinculado, el hombre, la naturaleza y sus cuatro elementos. Por ende, hemos favorecido masivamente y sin vuelta a atrás, un hecho que jamás se producirá naturalmente, y aún menos a esta escala planetaria: la contaminación.

Es la era del «antropoluceno», y yo propongo este nuevo término para señalar la crudeza de esto que el hombre se ha hecho a sí mismo y a la naturaleza. Augustin Berque, nos decía con sagacidad en el Ecoumène, «entre yo y yo mismo, la tierra», para recordarnos que el hombre y la naturaleza son indisociables. A día de hoy, en los albores de la tercera década del siglo XXI, «entre yo y yo mismo, la contaminación» se convierte en un hecho amargo al haberse convertido en inseparable al hombre de hoy en día.

No nos equivoquemos, la naturaleza, estrechamente vinculada al hombre, se dirige a nosotros, sobre todo cuando nadie se acuerda de ella! El cambio climático, la contaminación del aire, del agua, lumínica, tala masiva de bosques visibles desde el espacio, subida del nivel del mar, estrés hídrico, falta de agua potable para la mitad del planeta, tierras sobre explotadas, nuevas enfermedades urbanas, ciudades mundo con sus consiguientes exclusión social, económica y cultural: 30 megalópolis acogiendo al 12% de la población mundial y registrando desigualdades dramáticas… y la lista continúa. 

En la noche de nuestras ciudades, la de la polución, la luminosidad, nos ha tapado el cielo, el encanto de la Vía Láctea, las estrellas, el movimiento de los planetas en la esfera celeste por encima de nuestras cabezas, los sueños de la inmensidad del cosmos… Soñamos con las fotos e imágenes como las de Thomas Pesquet y otros. El cielo se ha convertido en grisáceo, cargado de nubes amenazantes y tóxicas, y al mismo tiempo las utopías han dado paso a las imprecaciones sobre la grandeza de tal o cual dios, o tal o cual partido, territorio o nación que va a hacerse más grande y más fuerte. Las murallas están asentando por en las mentes, para separar aún más a los hombres que las fronteras. El mensaje organizado, las propuestas beligerantes para lanzar a unos bandos contra otros. La desconfianza, y también el odio se instalan cargados de violencia, de profecías autorrealizables, por desgracia…

¿Pero no estamos asistiendo, en realidad, a una nueva forma de contaminación que afecta, la vida espiritual, intelectual, cultural, los derechos y las libertades del hombre, que son coartadas cuando se instalan la intolerancia, el populismo, la demagogia, la manipulación, la infamia, la plutocracia o los gobiernos autoritarios? Esto es en definitiva la paradoja de nuestros días, el combate del hombre urbano, afrontado valientemente por muchas ciudades, para volver a su esencia, a su complejidad, para reunir de nuevo aquello que ha sido inútilmente separado, y reencontrar en el vínculo entre la naturaleza, vida social, creatividad e innovación, los orígenes de este término latino complexus, para vivir plenamente sus vidas urbanas: tejer juntos, sin que importe mucho de dónde vengan los tejedores.