Una ciudad humana y abierta al mundo, en el corazón de la inteligencia urbana

Hablar de «ciudad inteligente» en el albor de la tercera década del siglo XXI no tiene sentido si no hablamos de una ciudad humana, viva, tolerante, inclusiva y resiliente

 

Estamos a las puertas de la tercera década del siglo XXI. Entre la ubicuidad masiva, - con su corolario de presencia posible simultánea en todo lugar y en cualquier momento-, la urbanización, - que pone a los habitantes de las ciudades en el centro de una nueva cultura y vida ciudadana-, y los desplazamientos físicos, - facilitados por las nuevas tecnologías que  hacen que viajar esté al alcance de todos los bolsillos-, vivimos la aparición de un nuevo mundo.

Al mismo tiempo, se cristalizan numerosas problemáticas, que generan a día de hoy un mundo fuertemente estresado, donde el malestar está a menudo instalado, en un planeta sometido a numerosas tensiones socio-territoriales y una fragilidad urbana, convertida en endémica.

¿Cuál era la situación en 1950, cuando el mundo salió de la II Guerra Mundial? Se trataba de un mundo mayoritariamente rural (70%) con solamente el 7,3% de su población viviendo en ciudades mayores de 1 millón de habitantes, y menos de 1% en ciudades mayores de 10 millones. Al final de esta década, los ciudadanos urbanos son mayoritarios y la proporción que habita en ciudades mayores de 1 millón de habitantes sobrepasa el 22%. El 6,4% de los ciudadanos viven en ciudades superiores a 10 millones y las 15 primeras ciudades del mundo sobrepasan (largamente en el caso de las primeras) los 20 millones de habitantes.

A finales de la próxima década, el 60% de la población poblarán el 2% del territorio del mundo, urbano, con un poco menos del 30% de los ciudadanos en las ciudades de más de 1 millón de habitantes: 9% en las Megalópolis superiores a 20 millones y las hyper regiones que afectarán a un población de entre 50 y 70 millones de habitantes, como ya se perfila por primera vez en Shangai, Tokyo o Mumbai.

La combinación de este hecho urbano con la desaparición de las distancias, bien por el efecto ubicuitario, bien por el efecto de los medios de desplazamiento convertidos en accesibles para todos, ha entrañado un efecto planetario, donde aún no hemos acabado de analizar las consecuencias. Una cultura urbana ha nacido, convertida en omnipresente por todo el planeta, jugando un efecto de atracción jamás conocido anteriormente, y actuando como un efecto multiplicador en la migración a las ciudades. Se llega a la ciudad en busca de mejores condiciones de vida, para evitar la pobreza, o para escapar de las presiones del “land grabbing”. Pero instalarse en la ciudad supone también cierta idea de “uniformización” planetaria de la vida urbana. En el momento de la omnipresencia ubicuitaria, nunca ha sido tan simple para los humanos, permanecer en la vida rural o en pequeñas concentraciones poblacionales urbanizadas a pequeña escala, y al mismo tiempo, jamás las ciudades han conocido tal crecimiento, irreversible, a la escala de las próximas décadas. Venir a la ciudad y abrazar la cultura urbana, con la esperanza de “convertirse en alguien”, y disfrutar de este mundo urbano y sus nuevos códigos. Esta identidad ha sacudido los códigos sociales de pertenencia de clase que habíamos conocido anteriormente. 

Ello no los ha hecho desaparecer, pero los oculta habitualmente. También los puede suavizar, tratar de “fundirlos” en una especie de “neo vida urbana”, o por el contrario hacerlos resurgir de su trasfondo para expresarlos en su particularidad, según las circunstancias socio-territoriales urbanas. De la vida urbana hacia la expresión abierta de su fragilidad, también hay un camino corto, que requiere toda nuestra atención.

Al mismo tiempo, no hemos analizado el impacto de los nuevos medios de transporte y sus consecuencias, que han reducido las distancias y favorecido el intercambio. En menos de un siglo, hemos pasado de un tiempo de desplazamiento del orden de 15 a 20 días para ir a las Américas desde Europa, y de 20 a 30 días para llegar desde Sudáfrica o Australia para a día de hoy dedicar unas cuantas horas o un día y medio como máximo.

En pocos años, gracias a los Smartphones y a sus aplicaciones, el mundo entero se habrá puesto al alcance de todos los bolsillos. Prácticamente toda Europa está accesible en apenas unas horas de tren o de vuelo: con las “low cost”, las tarifas suponen apenas algunas decenas de euros y los alojamientos se han hecho accesibles igualmente por la optimización de las plataformas. Esto es aplicable a todos los continentes sin excepción.

¿Qué pasa entonces con este doble efecto sobre el mundo urbano de nuestros días?

 

Paradójicamente el mundo no ha sido nunca tan físicamente accesible con la práctica de una cultura urbana, haciendo suave el paso de una ciudad a otra, incluso en la distancia, sin caer en lo que antes denominábamos el famoso “hándicap cognitivo”,  El efecto de la globalización es visible por todas partes, con las tiendas,  almacenes, cadenas de restauración idénticas, las mismas plataformas y los mismos interfaces para geolocalizarse, alojarse y desplazarse. Igualmente, las barreras del lenguaje caen ante las múltiples herramientas. Guiarse, descubrir, pasear se hace instantáneo y sin la ayuda  particular de otros. El aumento del silicio y las diversas aplicaciones móviles son a disposición de grandes, pequeños, jóvenes y viejos, hayan estudiado o no… El mundo está al alcance de todos… un golpe de click y estamos allí… ¡Hoy en día más de dos tercios de los franceses mayores de 15 años han efectuado un viaje largo, de al menos 4 noches fuera de casa!

 

Este mundo convertido en urbano está atravesado por el miedo al otro, por el rechazo al extranjero, por el repliegue identitario

Sin embargo, por desgracia, este mismo planeta, este mundo convertido en urbano está atravesado por el miedo al otro, por el rechazo al extranjero, por el repliegue identitario. Los muros se levantan o están en proyecto de levantarse. Los populismos son conducidos por una adhesión que se esgrime y se moviliza en las urnas, provocando su acceso al poder y no menos importante, cuando nos vamos por ejemplo a EEUU o al Brexit, sin hablar del contexto complejo europeo y entre ellos Francia, que se pronunciará en breve.

Sin duda esto es una contradicción enorme vehiculada por la incomprensión, o la ignorancia de aquello que es el carácter intrínseco del hecho urbano, en un mundo ubicuitario, conectado y globalizado. Asistimos a una gran manipulación de dirigentes que se hacen llamar “patriotas” pero que en realidad buscan un nauseabundo fondo de comercio electoral, con en particular aquellos que apelan a “la lucha contra el cosmopolistanismo”. Mientras que al mismo tiempo, las economías se giran hacía los servicios, las plataformas se imponen en un mundo sin fronteras, desarrollando los transportes, el comercio, el alojamiento y la restauración en particular. Este es el caso de Francia, país que acoge el mayor número de turistas internacionales del mundo, lo que representa 84 millones de visitantes, es decir, 1,5 veces su población (hablamos de 160.000 millones de euros de ingresos correspondientes al 7,2 del PIB, cifras de 2015). El número de visitantes lejanos también ha aumentado un 12%, los clientes asiáticos representan más del 25% gracias en particular a las medidas tomadas para acelerar la concesión de visados turísticos o su supresión.

Sí, cierto, nuestro mundo está desestabilizado y hay zonas con grandes conflictos, como el Medio Oriente y son fuentes de tensiones migratorias. Sin duda, el crecimiento del islamismo radical y las acciones terroristas llevadas a cabo por sus militantes, afines y otros, requieren de fuertes medidas y una vigilancia aumentada para una inteligencia urbana y territorial a la altura del desafío para nuestras democracias. Pero nunca, podremos aceptar que esto sea a coste del odio, el rechazo, el menosprecio del otro, del extranjero, del desarraigado, o de sus hijos de forma indiscriminada. 

Hablar de «ciudad inteligente» en el albor de la tercera década del siglo XXI no tiene sentido si no hablamos de una ciudad humana, viva, tolerante, inclusiva y resiliente.

Blandir la restauración de nuestras fronteras como un trofeo de caza, levantar el “nacionalismo” para pedir borrar nuestra diferencias, preconizar “la asimilación” como requisito previo para un modo de vida urbano común, es simplemente saltar al vacío, en el momento de un mundo urbano ubicuitario, conectado, global, y, haríamos bien en decir “cosmopolita”, y estar orgullosos de ello, porque nunca han habitado tantos ciudadanos urbanos, amantes de su ciudad y de su país que son al mismo tiempo Cosmos y Polis, “ciudadanos del mundo”.