I-POLIS: ciudades en la Era de Internet

Introducción del libro I-POLIS: ciudades en la Era de Internet.

Próximamente disponible en la librería técnica CP67.COM.

 

1984, EL FUTURO Y DESPUÉS

 

"Nothing is always absolutely so." (Nada es absolutamente de esa forma)

Ley de Sturgeon

 

Hasta 1984 nunca había visto una computadora

 

1984 era un año muy especial. Se había estrenado la película homónima basada en el libro de George Orwell. En Paris, donde vivía desde hacía siete años en ese momento, se multiplicaban los debates sobre las pantallas y su rol en la vigilancia de los pueblos. Los viajeros del métro leían la obra de Orwell en edición de bolsillo. El Gran Hermano no era todavía un exitoso reality show, sino un símbolo de la intrusión en la privacidad a través de las pantallas. “La telepantalla recibía y transmitía simultáneamente. Cualquier sonido que hiciera Winston superior a un susurro, era captado por el aparato. Además, mientras permaneciera dentro del radio de visión de la placa de metal, podía ser visto a la vez que oído. Por supuesto, no había manera de saber si le contemplaban a uno en un momento dado. Lo único posible era figurarse la frecuencia y el plan que empleaba la Policía del Pensamiento para controlar un hilo privado. Incluso se concebía que los vigilaran a todos a la vez.”, había escrito Orwell en 1948. Mirábamos nuestros televisores con desconfianza.

Una mañana me telefoneó el sociólogo Denis Duclos para proponerme un trabajo: investigar los usos y las percepciones de los centros de investigación en ciencias sociales franceses sobre las computadoras. Acepté sin saber muy bien de qué se trataba (necesitaba el dinero) y días después emprendí un viaje a diversos centros, en París y en las provincias.

En enero de 1984, Apple Computer había lanzado la Macintosh, la primera computadora en la que una interfase gráfica podía manejarse con un mouse. Su precio, relativamente bajo para la época (2.500U$D) contribuyó a su éxito. Lo más notable es que el comercial de Apple jugaba con el tema del “1984” de Orwell, y anunciaba la destrucción del Gran Hermano con el poder de la computación personal que se encontraba en la Macintosh. Frente a hileras de hombres grises obnubilados por la gran pantalla, una muchacha rubia y atlética, en coloridos shorts rojos, lanza un gigantesco martillo a la pantalla y desmantela el sistema. La cara del Gran Hermano se atomiza. “1984 ya no será como en 1984”, dice el lema de la publicidad.

Los resultados de mi recorrido por los centros de ciencias sociales fueron desvaídos: los investigadores utilizaban las computadoras como máquinas de escribir perfeccionadas, para construir bases de datos o dibujar gráficos. La interconectividad académica, comercial y relativamente accesible aún estaba a algunos años de distancia. Pero me emocioné viendo y probando las computadoras. En general se trataba de las Macintosh 128K. Fueron las primeras computadoras personales que se comercializaron exitosamente. Usaban interfaz gráfica de usuario (GUI) y un mouse en vez de la línea de comandos. Eran pesadas, de uso complejo, bellas, objetos a la vez imponentes y delicados.

Mi fascinación fue inmediata. Pensé que todos querrían tener esas máquinas maravillosas e inteligentes. En el tren de regreso a París, reflexioné sobre los posibles impactos sociales de esta nueva tecnología. ¿Y por qué no pensar, tratar de prever, seguir, los potenciales impactos sobre la ciudad, su territorio social y físico?

Por supuesto, ya utilizaba el Teletel / Minitel, como millones de habitantes en Francia. Se trataba de un servicio de Videotex en línea, accesible a través de las líneas telefónicas, y fue una de las experiencias pre-Internet más exitosas. Comenzó a distribuirse experimentalmente en Francia en 1982, a través del servicio de Correos (PTT: Poste, Téléphone et Télécommunications). Dado que yo telefoneaba con frecuencia a Argentina y España, y gastaba muchos pulsos telefónicos, fui elegida junto con unos 12.000 “usuarios activos” más para realizar una experiencia piloto en 1981. Los heroicos empleados de las PTT treparon hasta mi departamentito en un quinto piso sin ascensor y me entregaron una pequeña terminal color champiñón, provista de un módem con capacidad para recibir 1,200 bps y enviar 75 bps, un teclado plegable y una pantalla en blanco y negro de 9 pulgadas.

Los usuarios podíamos hacer modestas compras en línea, buscar datos en la guía telefónica, reservar pasajes en trenes, y enviar mensajes de un modo similar al del Internet actual. Al comienzo, los usuarios se mostraron remisos y no pocos aparatos (distribuidos gratuitamente a los que estaban suscriptos a los servicios telefónicos) fueron a parar al fondo de armarios y placares. Tuvieron que aparecer las “messageries roses” (mensajerías rosas, servicios de chat que facilitaban la búsqueda de citas o el acceso a sitios eróticos o pornográficos) para que el Minitel comenzara a ser usado masivamente. En las estaciones de métro, gigantescos afiches rosados luciendo activos conejitos popularizaron las messageries roses. Los servicios de chats sexuales se volvieron rápidamente los usos más inesperados, populares y controvertidos que la gente le encontraba al Minitel. Hacia el verano de 1986 existían más de mil servicios eróticos diferentes. En el periodo de 1985-1987, mientras millones de usuarios sacaban sus terminales de los armarios, los servicios de chat llevaron el uso del Minitel a su éxito inicial. El triunfo de sus creadores fue tal que el sistema colapsaba debido a que tanta gente trataba de enviarse mutuamente mensajes al mismo tiempo.

En Febrero de 2009 la red de Minitel aún tenía 10 millones de conexiones mensuales. Pero el sistema, comparado con la web, tenía serias limitaciones. Las terminales no eran computadoras: no podían guardar ni analizar información. No podían buscar ilimitadamente en la red. Sólo podían comunicarse con los más de 25.000 servicios que estaban oficialmente afiliados al sistema. El acceso era sumamente costoso, dependiendo de los servicios y del tiempo pasado en línea. A pesar de estos problemas, el servicio Minitel duró 20 años: sólo fue retirado definitivamente en junio del 2012.

En 1984, las computadoras auguraban otros futuros. Pasé muchas horas en la biblioteca del Centro Pompidou leyendo sobre informática, inteligencia artificial, y sobre todo, redes. Leí sobre computadoras que funcionaban con válvulas, su sustitución por los transistores y luego por los circuitos integrados. Con mi cabeza de no-ingeniera, me admiré ante la integración de los componentes electrónicos y la aparición del microprocesador, la integración de todos los elementos básicos del ordenador en un sólo circuito integrado. Pero fundamentalmente, me interesé por saber qué impactos causaban estas innovaciones en la sociedad, a través de artículos de difusión, de obras literarias, de artes, de cortos publicitarios.

En 1947, el mismo año en que se construyó la primera generación de modernas computadoras electrónicas programadas, y un año antes de la publicación de “1984”, Alan Turing había publicado un artículo sobre Máquinas Inteligentes que disparaba la Inteligencia Artificial fuera de la zona de la ciencia ficción y la localizaba muy dentro del mundo real. Ya en 1982 la revista Time le había otorgado su premio al Hombre del Año a la computadora.  “The computer moves in”, anunciaba la tapa de la revista, aunque paradójicamente el artículo había sido completamente mecanografiado.

Ese año, William Gibson acuñó oficialmente el término “ciberespacio” en su novela “Neuromancer”, aunque lo había usado previamente en “Quemando cromo”, una colección de historias de ciencia ficción. Gibson presentaba el ciberespacio como “Una alucinación consensual experimentada diariamente por billones de legítimos operadores, en todas las naciones, por niños a quienes se enseña altos conceptos matemáticos… Una representación gráfica de la información abstraída de los bancos de todos los ordenadores del sistema humano. Una complejidad inimaginable. Líneas de luz dispuestas en el no-espacio de la mente, agrupaciones y constelaciones de datos…, el propio terreno de lo virtual, donde todos los medios se juntan (fluyen) y nos rodean”. Al mismo tiempo, inauguraba un nuevo género de ficción, el ciberpunk, que describía un futuro obscuro y complejo, plagado de máquinas inteligentes, virus informáticos, ciudades en decadencia y paranoia.

Poco después, en 1985, se estrenaría “Brazil”, una película británica de ciencia ficción  dirigida por Terry Gilliam. La historia sucede en un mundo distópico, inspirado especialmente en la novela 1984, aunque añade gruesas pinceladas de humor negro y satírico. El protagonista, Sam Lowry, es un tecnócrata de poca importancia, eficaz pero soñador, que trabaja dentro de la gigantesca máquina burocrática que administra a una sociedad opresiva, agobiante, hundida por la ineficiencia y amenazada por el terrorismo cotidiano. Debido a una serie de actitudes atípicas y de tímidas rebeliones, Lowry pasa a ser considerado una amenaza para el sistema. Al cabo de numerosas aventuras, el Sistema, despiadado, apresa a Lowry y le destruye mediante una refinada tortura mental, administrada por “expertos” que llevan máscaras con caras de niños con síndrome de Down. Lowry obtiene refugio en sus fantasías y su locura, huyendo con la mujer de sus sueños hacia prados imaginarios increíblemente verdes.

Las ciudades que aparecían en estas representaciones eran víctimas de la tecnología: asoladas por catástrofes (muchas de ellas de origen tecnológico) o por guerras mundiales, dominadas por tiranos nacidos directamente del acoplamiento monstruoso de Stalin con Hitler, oscuras, hostiles, letales, presentaban como única salida la huida a una naturaleza más o menos inaccesible. Ya décadas atrás la imagen de la ciudad industrial reflejaba la extrema polarización social, como en el famoso film de Fritz Lang, Metrópolis. ¿Y si no fuera así? Me preguntaba mientras miraba caer la lluvia tras las ventanas del Pompidou. ¿Y si la ciudad como entidad colectiva, pero también como conjunto de usuarios individuales, pudiera apropiarse de la tecnología y usarla en su propio beneficio? ¿Cuáles serían las consecuencias sobre el territorio social y físico urbano?

Hasta ese momento, había estado trabajando sobre los consumos urbanos de energía, tanto en el Programa Interfase Alimentos - Energía de la Universidad de las Naciones Unidas, dirigido por Ignacy Sachs, como en estudios para Electricidad de Francia. La decisión de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) de aumentar el precio del crudo en 1973 —y nuevamente en 1979— había terminado con el petróleo barato que había lubricado el crecimiento de posguerra. Como consecuencia se frenó el ritmo del crecimiento económico. Subió la inflación, se redujeron las tasas de crecimiento y aumentó el desempleo. Importantes industrias —incluso sectores industriales enteros— se vieron obligados a reconvertirse: debieron introducir innovaciones tecnológicas, ahorrar energía, reducir sus plantas de personal, etc. En plena crisis económica, la gestión y la economía de la energía eran un problema clave en Europa. Mientras trabajaba sobre este tema, descubrí que el consumo energético era una buena puerta de entrada para el estudio de la sociedad urbana. ¿Podrían las nuevas tecnologías ser tanto o más reveladoras sobre los hábitos urbanos?

Como uno de los resultados de numerosas conversaciones sobre el tema, en 1986, Denis Duclos y yo publicamos un ensayo sobre las relaciones entre tecnología y espacio, basándonos en los trabajos de diversos cientistas sociales. Investigábamos cómo recibe el territorio a las tecnologías, y a la vez, de qué maneras el territorio es también demandante o creador de tecnologías. Entre las investigaciones que se dedicaban en la época a las reflexiones sobre el territorio era posible identificar claramente un enfoque geo-antropológico, que trataba el medio ambiente físico como un potencial de recursos. Los expertos acentuaban sobre todo las diversas estrategias de ocupación, de apropiación, de gestión, y de uso del espacio por los grupos humanos que lo habitan. De acuerdo con estos enfoques, el territorio sería por sí mismo un instrumento técnico. Es en cierta manera el grado cero del enlace espacio - sociedad.

Como la mayor parte de los investigadores en ciencias sociales en la Francia de esos tiempos, Duclos y yo habíamos desarrollado cierta alergia a la “tecnología” (que identificábamos, contrariamente al término “técnica”, como una palabra forjada en los Estados Unidos (de por sí un mala palabra en los medios franceses de ciencias sociales), y que se aplicaba a los métodos científicos utilizados en la industria (una palabra casi peor). Reconocíamos sin embargo que la ciudad es un caldo de cultura científica, así como un reservorio de innovaciones. El tejido urbano moderno sería así una red de difusión de estas innovaciones. El territorio urbano se consideraba también actor a través de sus hábitos de consumo. Aventurábamos que el tamaño de las ciudades y la proximidad entre ciudades grandes y pequeñas constituyen factores de aceleración de la difusión de innovaciones tecnológicas.

Si menciono ese trabajo en particular, es porque a partir de él nos orientamos más claramente en nuestros caminos como investigadores. Duclos se dedicó en los años siguientes a la geo-antropología. Yo decidí emprender el camino del desexilio. Convencida de que esta vez la democracia iba a durar y que quería contribuir a ese proyecto, regresé a la Argentina en enero de 1987. Me llevé conmigo, entre lo aprendido en los años de exilio, las inquietudes sobre ciudad, territorio y tecnología. Me integré al CONICET como investigadora, con base en el CEUR, el Centro de Estudios Urbano Regionales, en el que coincidíamos investigadores que habíamos regresado de nuestros respectivos exilios en Venezuela, México, Canadá... Todos tratábamos de desprendernos de viejas pieles, de olvidar nostalgias por el país abandonado a las apuradas, por volver a conocerlo, por conservar lo que se nos había adherido en nuestros países refugio, reaprender la nueva realidad democrática y de empezar nuevas vidas.

Desde el CEUR, y más tarde desde el Instituto de Investigaciones Gino Germani de la Universidad de Buenos Aires, sostuve el tema que todavía sigo analizando, desde diferentes facetas. El futuro se había hecho presente.

Nacer de una pregunta

 

Posiblemente todo libro nazca de una pregunta. O de varias. Y las preguntas, ya se sabe, tienen la costumbre de convertirse en bolas de nieve, y luego en aludes. La que disparó este proceso de reflexión, lectura y escritura surgió en una caminata campestre con mi amiga y colega Laura Marés: ¿Qué se cumplió en la Sociedad del Conocimiento en los últimos 30 años, con respecto a lo que se esperaba de ella? Otras preguntas se fueron sucediendo: ¿Cuáles fueron los aspectos negativos que se temían de una sociedad informatizada? ¿Qué promesas reservaba esta nueva sociedad?

Decidí entonces abordar estos interrogantes, y sus respuestas, desde un universo particular: las ciudades. Desde muy joven, como arquitecta, luego urbanista y por último como socióloga urbana, he trabajado sobre las ciudades como objeto de iniciativas, de acciones, de movimientos sociales. Las ciudades son el espacio en el que las tecnologías se crean, se experimentan, se difunden y se re-transforman. Con lo cual el principal interrogante se reformuló como: ¿Qué pasó en las ciudades en la Sociedad del Conocimiento en la que fuimos entrando gradualmente? ¿Qué temores existían hace más de tres décadas, y cuáles se cumplieron? ¿Qué expectativas se formulaban? ¿Fueron satisfechas? ¿Qué nuevas tendencias no previstas fueron surgiendo a lo largo de estas décadas?

Para responderlas, recurrí a fuentes muy variadas: entrevistas, aprovechando varios viajes, con especialistas, académicos, empresarios, funcionarios gubernamentales, en Argentina, Brasil, España, Israel y Portugal. Una encuesta por e-mail fue respondida por casi un centenar de personas de América Latina y Europa. Y por supuesto, leí y leí y leí durante largas tardes en mi oficina o en los cafés de mi barrio. Pero fundamentalmente, para percibir los temores, esperanzas y escepticismos de los ciudadanos (entendidos como habitantes de las ciudades, con papeles o sin ellos) ante la revolución tecnológica que estaban viviendo, recurrí a productos culturales que traducen estos sentimientos: novelas de ciencia-ficción, películas, series, obras de arte de todo tipo. Durante el año que duró la escritura, me sumergí en el placer de re-ver películas ya olvidadas, de leer y revisitar una montaña de libros, de recorrer exposiciones y museos, ya en forma presencial, ya virtualmente. También recurrí con frecuencia a Wikipedia. A pesar de que en estos 15 años desde su creación, esta enciclopedia ha sido baqueteada y criticada en el sector académico, aporta a la co-construcción de conocimiento colectivo, y contribuye buenas bases de bibliografía para profundizar en los temas en los que uno se interesa.

Antes de continuar, lector, lectora: este libro es un híbrido. Tan híbrido como lo somos los actuales habitantes de las ciudades, humanos que incorporamos continuamente tecnología a nuestros cuerpos y a nuestros cerebros y que nos volvemos cada vez más ciborgs. Se balancea en el borde entre varias disciplinas: arquitectura, urbanismo, sociología, ingenierías, informática y sus derivados. También el estilo es deliberadamente híbrido: no quería escribir un libro académico más, sino presentar en un lenguaje común, basado en mi lejana práctica como periodista, el proceso de nuestras cambiantes ciudades, del desarrollo de la Sociedad del Conocimiento. Deseo entretener tanto a los lectores como a mí misma, establecer un diálogo con los interesados sobre estos temas, vengan de las disciplinas que vengan, o de ninguna de ellas; quería enredar mi historia como investigadora con la evolución urbana en la nueva sociedad.

De la Sociedad de la Información a la Sociedad del Conocimiento

 

Para quienes no están familiarizados con los conceptos de la Sociedad del Conocimiento, lo desarrollo brevemente: las tecnologías de información y comunicación (en adelante TIC) abarcan al conjunto de tecnologías que permiten la adquisición, producción, almacenamiento, tratamiento, comunicación, registro, difusión y presentación de informaciones, en forma de voz, imágenes y datos contenidos en señales de naturaleza acústica, óptica o electromagnética. La electrónica es la tecnología base que soporta el desarrollo de las telecomunicaciones, la informática y el audiovisual. En síntesis, y para no caer en tecnicismos, el término TIC es un paraguas espacioso y multicolor que cubre numerosas tecnologías y dispositivos: radio, televisión, telefonía celular, computadoras, hardware y software, sistemas satelitales y otros, así como los variados servicios y aplicaciones asociados con ellos, como e-mails, videoconferencias, plataformas de educación virtual, plataformas de gobierno electrónico, streaming (distribución de multimedia a través de una red de computadoras, redes sociales, entre otros muchos. La sigla TIC ha sido usada en los últimos años para describir la convergencia de varias tecnologías y el uso de líneas comunes de transmisión que llevan y traen diversos datos, así como tipos y formas de comunicación. A través de la convergencia tecnológica se interconectan sectores que hasta entonces habían funcionado por separado: telecomunicaciones, informática y radiodifusión. El impresionante desarrollo de la convergencia tecnológica ha facilitado la difusión y apropiación de las TIC en la sociedad, permitiendo que individuos y grupos (así como ciudades y pueblos de todo tamaño) puedan utilizar estas tecnologías para facilitar su vida cotidiana y mejorar su calidad de vida.

La expresión “Sociedad de la Información” define una sociedad en la cual la creación, distribución y tratamiento de la información, basada en el uso de TIC, se han  vuelto las actividades sociales, económicas y culturales más relevantes. Con frecuencia se contrasta la Sociedad de la Información con sociedades en las cuales la base económica es primordialmente agraria o industrial. A pesar de los rápidos avances de la penetración de internet, sin embargo, es necesario considerar que la brecha digital, en vías de estrecharse, aún permanece como desafío global. Se pasó de menos del 1% de la población mundial conectada a Internet en 1995, a alrededor del 40 % en el 2015, según Internet World Stats. Sin embargo, la distribución del acceso entre los países desarrollados y en desarrollo, entre comunidades urbanas y rurales, entre diversos géneros y grupos etarios es aún desigual. Este libro no se propone aportar a la solución de este problema, sino mostrar cómo se manifiesta en las ciudades y qué consecuencias, directas o indirectas, tiene para los habitantes urbanos.

Asumo (esperanzadamente) que los gobiernos locales y otros actores sociales continuarán la búsqueda de soluciones que proporcionarán a todos los ciudadanos conectividad digital, educación y formación permanente, de modo que puedan apropiarse, individual o colectivamente, de los beneficios de la Sociedad del Conocimiento.

Las sociedades del conocimiento marcan un estadio más alto y más complejo que las sociedades de información. Conocimiento significa contribuir a las sociedades en el bienestar de los individuos y las comunidades, abarcando dimensiones sociales, éticas y políticas. Singapur, por ejemplo, comenzó como un país en vías de desarrollo, y logró en sólo cuatro décadas tasas de crecimiento económico que superan a los de países más industrializados, mediante la promoción de del conocimiento (educación) y la creatividad. Muy similar es el caso de Corea del Sur, quien pasó de la extrema pobreza a un asombroso desarrollo tecnológico y económico, y cuyos clústeres tecnológicos se volvieron actores líderes en el campo de la Investigación y Desarrollo (I+D). Su Programa Nacional de Ciencia y Tecnología y planes posteriores hicieron que en al cambio de milenio la economía de este país alcanzara fuerte valor agregado en términos de investigadores y fondos invertidos en I+D, y ha continuado a construir sobre esta pase en la última década.

Por otro lado, las sociedades de información se basan en los avances tecnológicos, que corren el riesgo de ofrecer poco más que "una masa confusa de datos" para aquellos que no tienen los conocimientos necesarios para beneficiarse de ella. Una sociedad de la información es, por tanto, considerarse como un paso previo necesario para construir las sociedades del conocimiento. Si bien la información es una herramienta generadora de conocimiento, no es conocimiento en sí mismo. Las Sociedades del Conocimiento se identifican como sociedades basadas en la creación, difusión, re-creación y utilización de la información y el conocimiento. En ellas, en sus economías, el conocimiento se adquiere, genera, trabaja, se difunde y se aplica para alentar el desarrollo social y económico. En otras palabras, la Sociedad del Conocimiento se refiere a sociedades en las que las condiciones para generar y procesar información han sido transformadas radicalmente por una revolución tecnológica focalizada en el procesamiento de la información, la consiguiente creación de nuevos conocimientos, y las tecnologías de información y comunicación.

Ciudades con nombre de mujer

 

Cuando se quiere a alguien o a algo, se le pone un nombre. Por amor a Ítalo Calvino en sus “ciudades invisibles”, por amor a las ciudades, les he dado nombre a las diversas urbes que se reconforman a la luz de la Sociedad del Conocimiento. Así se suceden Mary (por Mary Wollstonecraft), la ciudad del temor a las tecnologías desencadenadas; Laboria, la ciudad en la que las computadoras se hacen cargo de gran parte del trabajo; Stella, la ciudad protagonista, Annotata, la ciudad vigilada; Hypathia, la ciudad de la producción de conocimientos, y tantas otras.