#Detroit InMotion: el final de una era

Llegar a Detroit directamente de Nueva York puede ser una experiencia chocante. La mudanza es radical. Como se entrase en otro país, otra era u otro planeta. El tiempo paró en Detroit mientras en NY vivimos en el futuro.

Es por lo menos lo que podría pensar y, sinceramente, se quedó esa sensación así que llegué al  aeropuerto. El ajetreo baja drásticamente. La calma, el silencio, el sosiego… solo interrumpidos (mientras espero por el shuttle para el centro de la ciudad) por el sonido de las turbinas de los aviones que despegan de forma continua.

Ya mucho se habló de Detroit. Ya mucho se escribió. La razón de mi visita a esta que fue la más industrializada ciudad americana tuve precisamente que ver con ese exagero de opiniones y filosofías. Parece que el mundo se viró contra Detroit. Parece que el mundo abandonó la ciudad y viceversa. Parece y se puede mirar. En las caras de los ciudadanos que se cruzan con nosotros, en los autobuses, en el People Mover, en las calles. Es una ciudad de pocas sonrisas desbragadas. Infelizmente porque no tiene habido muchas razones para sonreír. El pueblo de Detroit tiene sufrido mucho. Un tercio de la población, abandonó la ciudad. Los que se quedaran, la mayoría negra, sufre. En sus caras se nota que no tiene sido fácil soportar el embate, sobrevivir a la crisis, permanecer erecto, seguir con alguna dignidad, aunque de mucha de esta, se tener desmenuzado con los edificios abandonados, casas, industria, edificios enteros. Incluso en Downtown hay ruinas pornográficas. Que desolación. Pero al final es esto que las ciudades tienen que conocer. Que todas conocen de una manera u otra.

Post-apocalipsis

 

Lo que más me impresiona no es la ruina en sí. Es la desolación casi post-apocalíptica.

Detroit está llena de edificios emblemáticos. Edificios perfectos y construidos en los años dorados de la ciudad. No es la edificación, arquitectura o estructura que perdió interese. Lo que torna desolador es el abandono, el vacío. Es la sensación de que, se no supiéramos que esta fue una de las más pobladas y prosperas ciudades americanas (y del mundo), algo catastrófico tenía ocurrido aquí. Algo al mismo nivel de Chernóbil o Okinawa. Pero en vez de muertes el resultado fue un éxodo.

Nadie parece tener quedado fuera de este cataclismo. Ni universidades, ni iglesias, ni restaurantes, ni hoteles o tiendas de conveniencia. Ni mismo la ciudad y su administración fallida  y corrupta que se tornó lo que es hoy, un símbolo de otros tiempos, el señal de la mudanza de paradigma económico, el umbral de la frontera entre el nuevo y viejo mundo.

No es fácil hablar de Detroit sin abordar esta visión obscurecida, no apenas por la ausencia de luz en las calles. Pero sobre todo por la sensación siniestra de ver avenidas que otrora se llenaban de personas y que ahora ni un alma las visita. La absoluta desfachatez con que cruzamos las avenidas sin nos importarnos con la color del señal del semáforo, pues casi no pasan coches.

La obscuridad, la herrumbre, el gris o ausencia de color y de luz, la ruina al virar de la esquina. Las tiendas que cerraran y que mantuvieran los señales de “abierto” colgados, como se todos tuviesen escapado apresados. Del cataclismo natural, de la queda del último reducto de la era industrial americana.

El apocalipsis ocurrió y la ciudad sufrió. Ahora es la era del post-apocalipsis y Detroit no murió.

Downtown Detroit es un astillero

 

Toda la ciudad está dibujada para el automóvil. Grandes avenidas, inmensos parques de estacionamiento (cubiertos y descubiertos), mucho espacio. Al final de cuentas, fue la fábrica del mundo luego después de la Segunda Grande Guerra. La industrialización explotó en prosperidad, así como la industria automóvil. “Aquí no eran apenas las fábricas de las grandes marcas, era todo lo que gravitaba en volta de eso, desde los componentes hasta los servicios”, cuenta un ex operario de la Ford, que mientras tanto se tornó un sin hogar.

Todo se acabó. O por lo menos se redujera a mínimos que tornaran la ciudad insostenible contribuyendo para el colapso.

Por supuesto que existirán otros factores, relacionados especialmente con la corrupción y gestión dañosa. Pero las cuentas de la justicia, parecen no ser las mismas que los ciudadanos presentan. La factura fue pesada, el sueño americano murió para muchos de los habitantes de Detroit.

Actualmente, la zona del centro de la ciudad o “downtown” y algunas zonas de “Midtown” y otros barrios como el “West Village” y otros son los que más contribuyen para que la ciudad tenga “una luz al fondo del túnel”.

Algunas de estas zonas y principales avenidas de la ciudad están literalmente transformadas en un astillero.

Fruto de una intervención que va ampliar las líneas de “Amtrack” hasta otras zonas y tornar la ciudad más accesible, “más verde” y más atractiva.

Además, está a ser instalada una gran infraestructura que va a revolucionar la banda larga en fibra óptica en la ciudad, haciéndola competitiva para las empresas de base tecnológica que allí se están a instalar.

Es eso mismo, Detroit abanó, pero no murió. En breve será un caso de estudio. Un marco que define el fin de una era basada en empleos de una industria que no está en sus mejores días. Una industria cuyas líneas de producción se modernizaran haciendo obsoletos millones de puestos de trabajo. Una industria que ya no significa mucho para las nuevas generaciones, que prefieren estilos de vida mucho diferentes, ambientalmente sostenibles, inteligentes y eficaces.

Ahora se espera que la ciudad que ya fue la más industrializada de la América, resurja de las cenizas, como la Fénix, con inteligencia, fuerza y belleza…pilares que están en la base de la modernidad, de esta nueva era del “Renacimiento” del siglo XXI. Muchos así o esperan, otros ya están a ver los resultados de esa recuperación. Será un tema para la próxima crónica.