.@CarlosMorenoFR: El mundo de aquí a 50 años: ¿La inteligencia humana y sus desafíos?

El "Centro de Estudios y Prospectiva Estratégica", CEPS, de Francia ha publicado el último número de su revista trimestrial "Prospectiva Estratégica", bajo el tema "El mundo en 50 años":

Eminentes personalidades internacionales han participado con textos inéditos para expresar su vision de un mundo que cambia, aceptando el desafío de proyectarse dentro de 50 años.

El Astro Fisico Jean Audouze y el Profesor Carlos Moreno han aceptado el encargo de escribir sendos artículos en la sección "Paginas Blancas". Se trata de expresar su vision de la transformación de un mundo que viene, a partir de sus áreas de especialidad, partiendo de este mundo de hoy, convulsionado por multiples crisis y atravesado por las profundas mutaciones en curso.

Presentamos a nuestros lectores de I-AMBIENTE la version en español del texto del Profesor Carlos Moreno, colaborador de I-AMBIENTE, quien de manera exclusiva, nos comparte su visión de la Inteligencia humana y sus desafíos, confrontando de mundo de ayer, de hoy y de mañana a los nuevos paradigmas con los que ha forjado su corpus de pensamiento. 

La complejidad, la inteligencia ambiente, el altruismo, la empatía, las revoluciones tecnológicas, la toma de conciencia de la fragilidad y la vulnerabilidad de nuestras vidas, son proyectados hacia un futuro, muy incierto dadas las tendencias actuales, pero en el cual, las pistas del porvenir son aún posibles si los Hombres se deciden a cambiar el rumbo  de la manera de vivir, producir, consumir y de relacionarse entre ellos y la naturaleza.

Es un llamado a la reflexión, pero  también a la acción que estas "Paginas Blancas" representa para que la Inteligencia Humana y sus desafíos esten a la altura de la capacidad creativa que posee el Hombre y colectivamente la Humanidad.

PROSPECTIVA Y REFLEXIONES ACERCA DEL HOMBRE Y DE LAS MUTACIONES TECNOLÓGICAS FUTURAS     

Establecer una prospectiva a cincuenta años es un ejercicio sumamente delicado. ¿Cómo determinar lo que serán nuestras vidas en 2064, en función de la sorprendente aceleración que ha experimentado el mundo en estos últimos cincuenta años? Solo basta con imaginarse la misma pregunta planteada cincuenta años atrás y comprobar las evoluciones entre 1964 y nuestro mundo en 2014. Sabiendo, además, que las transformaciones que experimentamos actualmente a escala planetaria se aceleran aun más debido a la dinámica provocada por los efectos conjugados del crecimiento demográfico, de la urbanización, de las nuevas tecnologías, de los conflictos geopolíticos y de la fragilidad de la vida humana en sí misma. Sin embargo, el desafío está planteado al aceptar esta invitación. He aquí, por lo tanto, el hilo conductor de mis pensamientos en torno a la temática de cognición, digital, robótica y de nuevas tecnologías.

¿HOLOCENO, ANTROPOCENO, MOLISMOCENO?

Retrocedamos unos 10.000 años, fecha en la cual se inicia el HOLOCENO (del griego holos: entero y kainos: reciente), período posterior a la última glaciación planetaria. A lo largo de este período, hemos visto al hombre convertirse en cazador, luego en agricultor; las grandes revoluciones industriales (el invento de la máquina a vapor, de la electricidad y, posteriormente, de la informática) han acelerado considerablemente los cambios que el hombre ha realizado en sí mismo y en su medioambiente a través de la historia. En este último siglo, la población mundial ha crecido de dos mil millones a más de siete mil millones de habitantes. En esta misma escala, la actividad humana ha producido una tasa de crecimiento de CO2 que, por primera vez, en 2013, ha superado el umbral de 400 ppm (parte por millón), arriesgando seriamente a la humanidad y comprometiendo su futuro.

Considero pertinente, en vista de esta fuerte aceleración de las mutaciones de nuestro mundo, interrogarse acerca de los trayectos de diferente naturaleza, relativos a las elecciones que el hombre debe realizar en la actualidad. A mi parecer, la verdadera pregunta es saber lo que haremos de las capacidades extraordinarias, casi ilimitadas, que adquiriremos a través de los avances en materia de informática, de las ciencias cognitivas y de la robótica.

De aquí a cincuenta años, ¿habremos ingresado definitivamente en la ERA ANTROPOCENA (del griego anthropos, hombre)? Este término, popularizado por el ganador del Premio Nobel de química Paul Crutzen, abarca un nuevo período geológico que se iniciaría a fines del siglo XVIII con las revoluciones industriales y que se caracterizaría por una influencia predominante del hombre sobre el sistema terrestre. En la actualidad, sin embargo, este período no ha sido oficialmente reconocido y añadido a la escala internacional de tiempos geológicos. Podemos imaginarnos que, en vista de las considerables transformaciones que se anuncian, con la concomitancia de cuatro nuevas revoluciones científicas: la revolución informática, la revolución nanotecnológica, la revolución biosistémica y la revolución robótica-cognitiva, esta transformación se hará efectiva de aquí a los próximos cincuenta años.

A menos que, en cincuenta años, nos estemos encaminando hacia una nueva era planetaria, la era «cosmozóica» (para retomar el nombre inventado por el Prof. Maurice Fontaine de la Academia de Ciencias, que significa «vida en el espacio»). En efecto, es posible que la combinación de los avances tecnológicos y de las dificultades que tendremos que afrontar al vivir en un planeta severamente dañado y carente de recursos nos impulse a colonizar nuevos territorios en la Luna, en Marte o en exoplanetas.

Me resulta muy interesante la idea planteada por Maurice Fontaine que en el centro de este nuevo período por el que atraviesa la humanidad, nos encontremos en realidad en un período conocido como Molismoceno («era de la contaminación»). Esta idea se basa en el hecho de que los paleontólogos del futuro —si los hay— descubrirán en la Tierra muy pocos restos de seres humanos fosilizados, pero sí una enorme cantidad de desechos, lo que le ha valido el nombre de era «Basurera superior» propuesto por algunos geólogos y arqueólogos. Un término que nos permite poner de relieve un desafío aún más grande para la humanidad en los próximos cincuenta años: ¿Nuestro planeta tendrá la capacidad de albergarnos?

He tenido la ocasión de descubrir, gracias a uno de los grandes navegantes franceses, esta realidad que llamamos «sexto continente», esta gigantesca pila de desechos que se formó en el océano Pacífico entre California y Hawái. Semejante cúmulo, descubierto a fines de 1997, compuesto en un 90 % por plásticos generados por las actividades humanas y arrastrados por las corrientes marinas, abarcaba un volumen de 3,7 millones de kilómetros cuadradosy de 30 metros de profundidad. Esta triste realidad me ha convencido de que, en la actualidad, la contaminación no es solo un problema más que debemos abordar entre muchos otros. Es el desafío fundamental del porvenir de la humanidad. Y la verdadera pregunta que, en mi opinión, deberíamos plantear es la de saber si, de aquí a cincuenta años, el hombre habrá podido reconciliarse consigo mismo y con su medioambiente para poder iniciar un nuevo período de su historia.

HACIA LA ERA DEL CONOCIMIENTO, A TRAVÉS DE LA EMPATÍA

A lo largo de los últimos cien años, la humanidad se ha apropiado de las tecnologías que transformaron las relaciones entre los seres humanos, con el planeta y con el futuro. En la actualidad, nos enfrentamos a una ruptura tecnológica cuya amplitud trasciende todo lo que hemos podido conocer en el pasado. A lo largo de las revoluciones pasadas, el hombre realizó descubrimientos y aprendió a dominar los elementos (la piedra, el cobre, el bronce, el hierro, la electricidad, el vapor, el silicio). Con el dominio del silicio y el auge de una dinámica del conocimiento transdisciplinario que hemos adquirido, son cuatro revoluciones tecnológicas simultáneas las que hemos visto nacer a fines del siglo XX y principios del siglo XXI: la informática, con el uso de toda la potencia del silicio y de la Internet; la biosistémica, con la comprensión del ADN y la decodificación genética; la de las nanotecnologías, con los nuevos materiales y procesos subatómicos, y la robótica cognitiva, con la hibridación de nuestra mente y las inteligencias artificiales mecatrónicas. Estas revoluciones engendrarán, sin lugar a dudas, profundas transformaciones en las relaciones del hombre con el hombre, con el planeta Tierra y con el espacio. Las premisas del cambio ya están dadas y es la revolución informática la que hoy nos parece la más visible. En los años venideros, esta transformación no hará más que acentuarse debido a la convergencia de estas cuatro revoluciones que afectarán a toda la humanidad.

El desafío que representarán estos años venideros, en mi opinión, consistirá en definir si, fortalecidos con el aporte de estas revoluciones tecnológicas, estaremos en condiciones de transformarnos nosotros mismos y de alcanzar la era del conocimiento, que se caracterizaría por el respeto de la naturaleza, de la Tierra y del espacio. ¿Podremos dejar atrás el estilo «Basurero superior»? ¿Alcanzaremos finalmente la noósfera, término creado por Teilhard de Chardin en los años 1930, también conocido como «esfera del pensamiento humano»? Para ello, es necesario desarrollar, a nivel de toda la humanidad y con el respaldo de las revoluciones tecnológicas, una conciencia colectiva, una maduración que pueda alcanzar formas de organización más humanas y más respetuosas del medioambiente.

La noósfera, en la era de la Internet, tal como lo afirma NicolasCurien de la Academia de Tecnologías, ¿no sería esta conciencia colectiva global, extensión de la conciencia de sí mismo, que las tecnologías informáticas hicieron posible? Aparentemente, se trata de un terreno al que debemos acceder para poder sobrevivir. El desafío más importante, en los próximos cincuenta años, es entablar todo tipo de relaciones con el Otro, desarrollando una empatía planetaria. Me viene a la mente el eslogan de la artista estadounidense BarbaraKruger: «La empatía puede cambiar el mundo», intencionalmente exhibido en la estación central de Estrasburgo. El autor Philip K. Dick, en su novela ¿Los androides sueñan con ovejas eléctricas? abordaba la empatía como la única cualidad que permite diferenciar a los androides de los seres humanos. Asimismo, en la película BladeRunner, conocida en algunos países como El cazador implacable, el autor hace uso de un test psicológico que revela la ausencia de empatía y que permite diferenciar lo artificial de lo natural.

De aquí a cincuenta años, quizás habremos logrado dilucidar la función de las neuronas generadoras de empatía, las neuronas espejo o las neuronas empáticas, en el cerebro humano. En California, el Prof. Ramachandran estudia actualmente el funcionamiento de estas neuronas tan particulares. Apodado el «Marco Polo de las neurociencias», forma parte de las cien personalidades ejemplares del siglo XXI, de acuerdo con Time Magazine.

¿QUÉ MUTACIONES DEBERÁ ENFRENTAR EL HOMBRE DE AQUÍ A 50 AÑOS?

¿Qué impactos tendrán, por consiguiente, las revoluciones tecnológicas durante la implementación de este contagio emocional hacia la empatía y la creación de una conciencia colectiva global?

En la siguiente etapa, tras el fin de la era del silicio, comenzará el dominio del grafeno.Esto nos permitirá, por ejemplo, manipular la luz en sí misma. Las potencialidades del grafeno son, de hecho, tan importantes (ya sea que se trate de su conductividad, de su resistencia, de su flexibilidad o de su bidimensionalidad que lo vuelve extremadamente liviano) que debería transformar muy rápido nuestra relación con el mundo. Por ello, el Premio Nobel de física 2010 fue otorgado, en reconocimiento por sus trabajos revolucionarios sobre el grafeno, a dos investigadores británicos, y el primer coloquio mundial sobre este tema se realizó en Toulouse en mayo de 2014.

Asimismo, conoceremos la revolución del ADN, dado que en la actualidad ya sabemos elaborar un ADN. En efecto, un instituto de investigación europeo y una universidad estadounidense lograron crear, al mismo tiempo, un ADN artificial en el cual almacenaron datos que posteriormente pudieron recuperar. Esta operación en uno de los dos laboratorios se realizó sin errores en la restitución de los datos. Si en la actualidad somos capaces de leer y de escribir en un ADN, quiere decir que, en cincuenta años, podremos utilizar el ADN como respaldo de información. Y, por lo tanto, que podremos almacenar, a costos razonables, en un material más fino que un cabello, una cantidad de información verdaderamente enorme.

Estas potencialidades, conjugadas al dominio de las nanotecnologías (nanocaptores, nanorobots, etc.), nos permitirán además captar información relativa al campo de la física y de la química, no solo en el medioambiente que rodea al hombre, sino también dentro del cuerpo humano, medio que estaremos en perfectas condiciones de explorar. En todo caso, está claro que, en los próximos cincuenta años, seremos testigos de una revolución no solo en el ámbito de la medicina, sino de todo lo que atañe al cuerpo humano.

Por último, la robótica, disciplina que nació hace cincuenta años, experimenta en la actualidad avances sin precedentes. Vemos, por ejemplo, que el uso de drones se está generalizando en el mundo civil, cuando los primeros programas de investigación sobre drones destinados al ámbito militar aparecieron hace unos veinte años. Asimismo, vemos aparecer los primeros vehículos urbanos sin chofer de Google. La robótica, impulsada por la revolución informática, transformará, de aquí a cincuenta años, nuestra forma de desplazarnos y, en términos generales, nuestra relación con el medioambiente que nos rodea.

Hace cincuenta años, Isaac Asimov imaginó el futuro de la tecnología basado en este mismo período de cincuenta años. Formuló las Tres leyes de la robótica, leyes a las cuales obedecen todos los robots de sus ficciones y que han hecho escuela en el ámbito de la robótica: 1. Un robot no puede hacer daño a un ser humano, ni permitir, permaneciendo imperturbable, que un ser humano quede expuesto a algún tipo de riesgo; 2. Un robot debe obedecer las órdenes impartidas por un ser humano, a menos que estas órdenes entren en conflicto con la ley número 1; 3. Un robot debe proteger su propia existencia, siempre y cuando esta protección no entre en conflicto con la ley número 1 o número 2. En la actualidad, somos capaces de concebir máquinas sofisticadas de gran autonomía. En Japón, se presentaron recientemente los primeros robots dotados de emociones. Asimismo, en junio de 2014, se presentó por primera vez ante el público, un robot capaz de comprender entre el 70 % y el 80 % de una conversación. Por lo tanto, vemos aparecer los primeros robots humanoides, tal como Asimov los había imaginado: robots autónomos e híbridos, capaces de sentir lo que los humanos sentimos.

En consecuencia, la hibridación entre el hombre y la tecnología se fortalece y no cabe duda de que se acelerará aÚn más en el transcurso de los próximos cincuenta años. Hoy en día, en laboratorio, somos capaces de manejar un robot con el pensamiento. De aquí a cincuenta años, esta será una práctica común y corriente. Asimismo, estamos próximos a hibridarnos nosotros mismos con la implantación en o dentro de nuestro propio organismo de equipos conectados, como los Google Glasses o las prótesis de cadera, por ejemplo, portadoras de inteligencia incorporada. Por lo tanto, la conectividad será intrínseca a la existencia humana y presenciaremos un profundo cambio en las relaciones del hombre con su entorno y consigo mismo.

La amplitud de estas futuras mutaciones es tal que muchos no vacilan en anunciar un «transhumanismo» en los próximos decenios. De aquí a cincuenta años, ¿se habrán realizado las predicciones de RayKurzweil, gurú del transhumanismo en los Estados Unidos, fundador de la Universidad de la Singularidad, y hoy director del departamento técnico de Google? Para Kurzweil, muy pronto seremos capaces de cargar el contenido de nuestras mentes, lo que abre una puerta para la creación de cyborgs, tal como Marvel los imaginó hace cincuenta años. Aunque este no sea el caso, está claro que el hombre, de aquí a cincuenta años, no será el mismo que en la actualidad. De hecho, el hombre no es hoy el que era cincuenta años atrás: con la capacidad de conectarse en todo momento a cualquier parte del planeta, el hombre encontró el Aleph que Borges anunciaba, ese punto del universo donde todo es visible en todo momento.

Esta transformación del hombre por el hombre se ha convertido, por lo tanto, en una realidad, pero a su vez debe enfrentarse a su capacidad de resolver los desafíos medioambientales y climáticos que amenazan su supervivencia. Más allá de la cuestión de un transhumanismo potencial, el verdadero planteo que debemos hacernos hoy, en mi opinión, es el de saber si seremos capaces de no destruirnos a nosotros mismos. ¡Cincuenta años pueden parecer muy largos, pero resultan muy cortos si consideramos los riesgos medioambientales que nos amenazan! En determinadas islas del océano Pacífico, los hombres ya han tenido que abandonar sus tierras por la subida de las aguas.

¿Podrá la humanidad encontrar la sabiduría de su profunda naturaleza para vivir en armonía, y superar sus egos y pulsiones destructivas respecto de sus propios congéneres? El mundo en el cual vivirán nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, ¿será un mundo a la altura del potencial de la inteligencia humana?

¡ÉSTE ES UN DESAFÍO QUE DEBEMOS PLANTEARNOS TODOS HOY, ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE!